Turismo Histórico

La Batalla del Pillahuinco

 

Jardines del Pillahuinco

 

En mayo de 1824 tuvo lugar en las Sierras de la Ventana un importante enfrentamiento entre las fuerzas conquistadoras y los pueblos originarios de la región, encuentro que hoy conocemos con el nombre de batalla del Pillahuinco.

Siguiendo con mi investigación histórica de la región, y en particular de los enfrentamientos con las culturas primitivas serranas, es que recupero y les comparto aquí los acontecimientos de esta tercer batalla que tenemos en nuestros registros y publicaciones de www.sierrasdelaventana.com.ar Recordemos que las otras dos fueron, la Batalla del Cacique Chanel en 1785 y la Batalla entre Rauch y el Cacique Lincon en 1826.

La misma ocurrió durante la tercera expedición al desierto del Gobernador General Martín Rodríguez, cuya misión era extender la frontera hacia el sur y crear un pueblo en la Bahía Blanca, aunque esté último objetivo no llego a cumplirse durante esta expedición.

Estaba compuesta por 3000 hombres, 6000 caballos y 150 carretas. Partió de la Guardia de San Miguel del Monte el 5 de enero de 1824. Al llegar a Tandil permanecieron allí durante 20 días reorganizando la expedición.

Al frente de la misma iba el General José Rondeau, acompañado por el Gobernador General Martín Rodríguez. El jefe de la escolta del Gobernador era el comandante Manuel Alejandro Pueyrredón. Iban al frente de las distintas unidades de combate los Coroneles Correa e Ibarrola y los Comandantes Medina, Morel, Federico Rauch, Sayás e Ibarra, entre otros.

La Batalla del Pillahuinco en Sierra de la Ventana

A partir de Tandil el territorio les era totalmente desconocidos y a cada paso acechaba los peligros. Las tropas atravesaron el actual partido de Pringles de este a oeste, ingresando a las sierras donde especulo (según diversas fuentes y referencias) se desarrolló esta gran batalla, por una zona que por razones personales prefiero mantener en reserva y no revelar.

Durante el avance de los pueblos originarios, hostigaron permanentemente a las tropas, incendiando los campos, atacando los flancos y huyendo cuando repelían los ataques. Día a día iba aumentando el número de indios que amenazaban con sus escaramuzas o que se divisaban en las laderas y en lo alto de los cerros. Entre las quebradas se encontraban muchos toldos que los indios acababan de abandonar para poder salvar a sus familias.

Las exploraciones diarias no se podían practicar, porque los indios los rodeaban de día y de noche; por esta razón, el ejército tuvo mucho que sufrir por la falta de agua.

Llegaron a pasar dos días sin beber agua, y aunque en la noche la tropa cavaba pozos profundísimos, cuando conseguían llegar al agua, era tan poca y la sed tan grande, que en cuanto asomaba, se sacaba mezclada con barro, el cual chupaban con ansia los soldados.

A falta de baqueanos fueron a dar con una de las ramificaciones de la sierra, una que está antes de la de la Ventana, y como no se sabía el verdadero rumbo que debía llevarlos a Bahía Blanca, tuvieron que atravesarla con un trabajo ímprobo para pasar las carretas, siendo preciso en algunas partes, subir y bajar las cuestas a brazo. 150 hombres llevando a pulso cada carreta.

Un día de fines de mayo (las crónicas no precisan la fecha ni el lugar con exactitud), antes de terminar de cruzar la Sierra del Pillahuinco, y no lejos del Río Sauce Grande, al descender al llano que hay entre dos elevaciones, aparecieron sobre las faldas de una cerrillada 3000 indios. Sobre los pequeños cerros, esperaban como vigías. Por todas partes aparecían como una fantástica visión, cada vez eran más. Algunos descendían lentamente y en silencio.

La Batalla del Pillahuinco en Sierra de la Ventana

El ejército se preparó para el combate. De pronto los indios entraron en acción, dando la impresión de que un alud bajaba de lo alto, arrastrando todo a su paso.

Junto con los indios un viento terrible, un verdadero huracán comenzó a azotar el campo de batalla. Los bramidos del viento, la caballada espantada, junto al entrevero de indios y blancos, los estrépitos de la lucha, los alaridos, otorgaban a aquel escenario un aspecto infernal.

Feroz fue la lucha ese día, decisiva la acción de los hombres que comandaron Pueyrredón y Rondeau, como así mismo las unidades de cazadores, milicianos, los Colorados y los Húsares.

La humareda proveniente de los campos incendiados por los indios, las cenizas y la tierra levantadas por el huracán, tornaban más confusa la situación.

La lucha cuerpo a cuerpo y sin cuartel se prolongó por mucho tiempo, pero lentamente las bajas entre las filas indígenas iban siendo cada vez mayores y se estaban minando sus fuerzas y su afán de combate.

Una arremetida final de las tropas conquistadoras, que cargaron sin tregua sobre el enemigo, hizo que los indios abandonarán la lucha, huyendo tras las sierras y dejando los cadáveres en el campo de batalla.

En una de las crónicas del coronel Manuel A. Pueyrredón recuerda:

«Cuando llegamos, los indios habían rechazado a los milicianos, que serían como 400, y a la escolta del General Rondeau, pero apoyados por el Batallón de Cazadores se sostenían al frente del cuadro, entreverados con los bárbaros».

«Nosotros entramos, y nos mezclamos con estos. En los primeros lances, un indio volteó con caballo y todo al mayor de los hermanos Valenzuela, que cayó apretada una pierna; otro indio viéndolo caído vino a clavarlo en el suelo, cuando el hermano de Valenzuela, que usaba lanza porque era manco y no podía manejar la carabina, se la clavó al infiel en la nuca, sacándolo del caballo, como si fuese un pajarito».

«Entonces el primero pudo levantarse, y llegar hasta donde yo estaba, con solo la pistola en la mano, amagando con ella a cada indio que lo quería atacar, teniendo que hacer esta acción muchas veces, por el gran número que nos rodeaba. En tal estado, cargaron los colorados de las conchas con los Húsares, y los indios huyeron, dejando algunos cadáveres en el campo. Nosotros tuvimos algunos heridos, y un muerto de los milicianos».

Manuel A. Pueyrredón

Calmados los azotes del viento, renació la calma entre los cerros del Pillahuinco, y la tierra quedó sembrada de mudos testimonios, protagonistas de una lucha cruel que, como en tantos otros lugares y épocas, marcaron la inhumana atrocidad del enfrentamiento entre conquistadores y conquistados, entre dominadores y dominados.

Esta fue la última vez que aparecieron los pueblos originarios en actitud de ataque durante aquella expedición. El ejército continuó la marcha hasta el Río Sauce Grande y pudo observar que toda la costa estaba bordeada de antiquísimo Sauces, muchos de ellos carcomidos por los años.

Estas historias de batallas en nuestras Sierras de la Ventana, representan un patrimonio que no debemos desconocer ni olvidar, por las vidas que en ambos bandos se perdieron, y por todo lo demás que culturalmente nos heredan con su tradición oral, en la memoria colectiva de nuestra comunidad.

Sergio Marto

Sergio Marto
Director del Portal de Turismo y Cultura
info@sierrasdelaventana.com.ar
www.sierrasdelaventana.com.ar

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Gabriel Waiser

Importante aporte Sergio! Gracias por la constancia.

Alejandro

Muchas gracias Sergio, por compartir esta historia tan interesante, que es muy lindo conocer sobre dónde uno está parado ó rodeado por cerros que vivieron tremendas vivencias

Fra-Pal

El cacique Cañigan era quien comandada esa tribu de nativos. Últimas tolderias de Los pampas en las sierras del Pillahuincó. De hecho la leyenda del Pillahuincó, cuenta esa historia.. y según dicen, ese cordón Serrano lleva el nombre desde aquel momento.

 

 

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